miércoles, julio 19, 2006

el imperio de las interrupciones.


Sin hacer ruido, salgo. Nadie nota mi ausencia y por lo tanto, he de concluir, nadie nunca notó mi presencia.
La noche después de mi partida fue ceremoniosa como si los japoneses por fin hubieran invadido mi temple. Ya se sabe, tomé el té en una taza demasiado chica como para que enfríe antes de terminar, mientras sobre mis talones desnudos, mi cuerpo se alza solemne en un eje imaginario. No es gratuito que la hierática se apodere de mis modales, o sea, sentir el emanar-vaho de 24 poros exactos en la tercera vértebra de la columna es, al respecto, bastante ilustrativo. Ejemplifica lo que me he propuesto denominar macrointerrupción, base de todo lo que pasa en las noches después de partir. Es cierto que podría llamarlo macrodetenimiento, pero me gusta la actividad que ostenta esa palabra: “interrupción”.
Termino con el té, recuerdo el humo de un cigarro con la fuerza necesaria como para degustarlo entre mis dientes y se siguen sumando recuerdos (esforzados). Espejismos, esos son los configuradores de la ilusión de mí que cortan la leche de una cena y la vuelven amarga; primera razón de haber escogido el té. Me fijé en la ventana, acaso existe, afuera la cola congelada de los que gustan de ir a la iglesia, la casa de las soledades, de los que se almuerzan el lado occidental del planeta a diario, más bien semanalmente, pues no pueden siquiera ser fieles a sus chifladuras. Cómo, se preguntaba mi práctico abuelo, quizás en una noche como esta, es que sabiendo demasiado sobre todo, aun existe la flor de la posibilidad.
Yo me pregunto por el orgullo de ese sutilizador que cree haber tenido razón. Cuando hace frío se me hace más irrespetable la irrespetabilidad.
He desaparecido y hoy sigo andando. Bajo el sol que enfurece, camino asqueado de todo, sin dejar huellas; a la hora en que lo hago, la humanidad se detiene y me convierto en salvador de escépticos y transformo a Emile en un pastor. Nadie ha querido decirme adiós y estoy preocupado, yo tampoco quise despedirme de nadie. Las fruterías lucen delicias que no quiero comer y la calle refleja el pozo en el que millones de monedas han caído con un deseo a cuestas, domingo, el día terrible, el día que explica la palabra náusea. Libre de mi vida camino a paso lento volteándome a ratos, cuando me dan ciertas ganas de fumar. Los semáforos no hacen hoy distinciones entre los colores, el sol los derrite antes de que puedan gritar “rojo, señores!”, se han vuelto pegajosos e inútiles, como la señora que espera ver si puede cruzar.
Qué ganas de empujarla y terminar con su gran conflicto homicida. La pereza no me deja hacer nada, que deleite.
El trasfondo de esta escena ha de ser lo que la tagmémica diga que es la nada; unas piltrafas colgando detrás, un demonio ermitaño revolviendo su sopa, nosotros, pintura blanca o la vida de siete personajes que nadie conmemora.
A los cien años de la muerte de la espera, me siento sobre unas rocas para celebrar que no he llegado lejos, se repite el trasfondo en esta escena. Los kilómetros recorridos son cuatro círculos, el espiral más bello de la cáscara de una manzana construida tras un cuchillo, o de la madera de un lápiz que ahora sirve tras el filo de un sacapuntas. Agradezco a mi suerte por no ser un náufrago sediento y emprendo el descenso.
De bajada, el viento hiela mis pupilas, poniéndose todo brillante, como la visión de los niños hastiados de llorar mirando una ampolleta, la única iluminadora de una infancia temerosa de la oscuridad. Veo espejos que se apagan a mi paso, veo incendiarios manuales de gloria en estantes de hierro forjado, veo con mis ojos congelantes todo aquello que deseo muera detenido sonriendo por la posibilidad del deshielo.
Ahora, el fin del viaje: suena una alarma de velocidad, voy rápido y si no quiero que el ruido despierte a los pasajeros debo pausar la excitación que no existe. Nadie quiere llegar, ¿haría el favor de dejar que el bus siga sin mí y despertarme con la noticia de un accidente fantasma?, no pretendo creer que estoy solo en esto, me asfixia la idea de ser chofer de un auto particular. El templo de las soledades se ha vuelto cabaret, se ha vuelto miserable choza de paja, bus interregional, porque la pesadilla es la única forma de compañía, no de lucidez. Yo no he optado, ya lo hizo mi porfía. Me explotaron ambos ojos. Y me quedé mirando la oscura niebla que tapa una cavilación absurda.

martes, julio 18, 2006


Roumanian Folk Dances (por B. Bartók)
  • "y sí, me desperté y no veía nada"
  • "salté con los ojos cerrados, no ví más que luces que parpadeaban al fondo del pasillo clínico"
  • "guardé como borrador en vez de publicar entrada, luego presioné el perrillo"
  • "este jueves maurice garin revivirá en santiago de chile, lo prometo a pesar de todo"

domingo, julio 16, 2006

orly momentum


riesgo de-tener prioridad en el emblemático servicio postal (postal service) de los estadosunidos. el águila aconodorada con cara de avión no sabe about global priority mail ni tampoco lo que lleva en su interior... te suena conocido?

viernes, julio 14, 2006

discuplas. eran tres aplinos que venían de la guerra...

socrates sacro est.gavagai conejo est.poseidon non est.

lunes, julio 10, 2006


lsd lsd lsd lsd

katty kowalesko era anarquista.

garantizado.

el premio.

sonaste.
el léxico periodístico no registra tu fama.